Una semillita de girasol se acurruca en la tierra blandita. Una palmadita encima y un chorrito de agua de mantita. «¡Crece pronto, semillita, crece!»
¡Chof, chof! ¡A beber agüita, semillita! ANA viene a mirar todos los días, con la nariz pegada a la maceta. Hoy… nada. Ayer… nada. Solo tierra calladita, guardando su secreto.
Plic, plic… hoy llueve. Las gotas bailan sobre el paraguas: plin, plin, plin. La tierra sigue calladita. «¿Todavía no? A lo mejor a la semilla le gustan las nanas de lluvia.»
A ANA le pican los dedos: «¿Y si escarbo solo un poquitito para mirar?» Una mano se acerca despacito a la tierra… y la otra la atrapa. ¡No, no! La semilla aún duerme, y a las semillas dormidas no se las despierta.
¡Esperar se vuelve un juego! ANA clava un palito de medir justo al borde de la maceta. «¡Avísame en cuanto crezcas, eh! ¡Aunque sea un poquitito, cuenta!»
Cuando sopla la brisa, ANA se sienta con las piernas cruzadas y le canta a la semilla, moviendo las manos como si dirigiera una orquesta: «La, la, la… despacito, florece cuando estés lista».
En la tarde dorada, ANA hace un dibujo de la maceta… ¡con una flor enorme imaginada encima! «Cuando florezcas de verdad, compararemos a ver si acerté.»
Y una mañana… ¡oh! Una cabecita verde asoma de la tierra, con dos hojitas redondas que se estiran. «¡Hola, brotecito! ¡Por fin despertaste!»
El brote crece y crece: cada día más hojas, ¡y ya es más alto que el palito! Y ANA sigue viniendo cada mañana con su regadera. ¡Chof, chof, buenos días!
¡Floreció! Un girasol dorado y enorme, más alto que ANA, saludando bajo el sol. Una mariposa le da una vuelta, y otra. ¡Así que esto es lo que crece cuando sabes esperar!