Una semillita de girasol se acurruca en la tierra blandita. Una palmadita encima y un chorrito de agua de mantita. «¡Crece pronto, semillita, crece!»
¡Chof, chof! ¡A beber agüita, semillita! XIOMARA Y VERONICA viene a mirar todos los días, con la nariz pegada a la maceta. Hoy… nada. Ayer… nada. Solo tierra calladita, guardando su secreto.
Plic, plic… hoy llueve. Las gotas bailan sobre el paraguas: plin, plin, plin. La tierra sigue calladita. «¿Todavía no? A lo mejor a la semilla le gustan las nanas de lluvia.»
A XIOMARA Y VERONICA le pican los dedos: «¿Y si escarbo solo un poquitito para mirar?» Una mano se acerca despacito a la tierra… y la otra la atrapa. ¡No, no! La semilla aún duerme, y a las semillas dormidas no se las despierta.
¡Esperar se vuelve un juego! XIOMARA Y VERONICA clava un palito de medir justo al borde de la maceta. «¡Avísame en cuanto crezcas, eh! ¡Aunque sea un poquitito, cuenta!»
Cuando sopla la brisa, XIOMARA Y VERONICA se sienta con las piernas cruzadas y le canta a la semilla, moviendo las manos como si dirigiera una orquesta: «La, la, la… despacito, florece cuando estés lista».
En la tarde dorada, XIOMARA Y VERONICA hace un dibujo de la maceta… ¡con una flor enorme imaginada encima! «Cuando florezcas de verdad, compararemos a ver si acerté.»
Y una mañana… ¡oh! Una cabecita verde asoma de la tierra, con dos hojitas redondas que se estiran. «¡Hola, brotecito! ¡Por fin despertaste!»
El brote crece y crece: cada día más hojas, ¡y ya es más alto que el palito! Y XIOMARA Y VERONICA sigue viniendo cada mañana con su regadera. ¡Chof, chof, buenos días!
¡Floreció! Un girasol dorado y enorme, más alto que XIOMARA Y VERONICA, saludando bajo el sol. Una mariposa le da una vuelta, y otra. ¡Así que esto es lo que crece cuando sabes esperar!