En una habitación luminosa, Esperanza dibujaba una montaña en su cuaderno. El vapor de su té subía en espirales. Entre el rasgueo del lápiz y el zumbido de una abeja junto a la ventana, escuchó: pum, pum. El lápiz quedó suspendido sobre la página.
Esperanza cerró el cuaderno para escuchar mejor. Entonces, la tetera silbó con fuerza: ¡fiiiiii! Una hoja enorme cayó sobre la mesa y cubrió la página cerrada. Esperanza apartó la hoja con una risita. El pum, pum seguía allí, paciente, como un tamborcito bajo la música de la habitación.
Primero, Esperanza apagó la radio. El silencio recién hecho dejó pasar el tic-tac del reloj. Esperanza miró sus plantas, como si también escucharan. El pequeño tambor no desaparecía; solo esperaba, constante, debajo de todos los sonidos.
Después, Esperanza cerró la ventana. Las ramas quedaron afuera, moviéndose detrás del vidrio. Sin el viento, apareció otro sonido: tic. Una gota cayó de una hoja a la maceta. Esperanza observó el pequeño círculo que tembló en la tierra.
Por último, Esperanza se sentó entre sus plantas con las manos quietas. Escuchó el reloj, las ramas detrás de la ventana y otra gota: tic. Luego preguntó en voz baja: «¿Qué necesito hoy?» La pregunta quedó flotando, sencilla y abierta.
Esperanza abrió el cuaderno. Sin planearlo, dibujó una puerta diminuta en la montaña. Cuando terminó, la puerta se abrió en el papel y dejó escapar un rayo de sol dorado. Esperanza soltó el lápiz. «Necesito parar un momento», dijo, mientras la habitación parecía guardar silencio con ella.
Esperanza volvió a dibujar, esta vez despacio. Dejó espacio entre una línea y la siguiente. El lápiz avanzó sin carreras, acompañado por el leve roce de la hoja y el vapor que subía de su té.
Después, Esperanza bebió su té junto a la ventana. Contempló las montañas verdes, bañadas por la luz de la tarde. El reloj sonó una vez: ¡dong! Esperanza sonrió, cerró el cuaderno y conservó unos minutos de escucha antes de continuar su día.