Fabiana sopló las diez velas de su pastel. Justo al pedir un deseo, ¡fuuuu!, una ráfaga levantó las fotografías de su antiguo país. Las imágenes giraron por la sala entre serpentinas plateadas.
Fabiana corrió tras ellas, esquivando cintas y globos. Una fotografía chocó contra la ventana y quedó pegada al vidrio. Allí aparecieron un camino lejano, una maleta y el cielo enorme del viaje. Fabiana pensó que aquella imagen todavía sabía encontrarla.
Fabiana despegó la fotografía con cuidado y la puso junto a su dibujo de la nueva ciudad. Entonces el dibujo resbaló de la mesa y desapareció detrás de la caja de palabras difíciles. Fabiana se arrodilló, apartó las tarjetas y encontró una esquina azul.
Fabiana rescató el dibujo, lo alisó y pronunció cada palabra lentamente. «Puedo intentarlo otra vez». Afuera, los tranvías repicaron: ¡clin, clin! El sonido pasó por la ventana como una invitación a seguir practicando.
Más tarde, Fabiana preparó una celebración pequeña. Colocó una receta de su país junto a una fruta brillante del mercado nuevo. Después escribió su nombre en una tarjeta, despacio, letra por letra, como quien construye un puente.
¡Plaf! La tinta se derramó y formó un bigote azul sobre la tarjeta. Fabiana soltó una carcajada que hizo temblar los cubiertos. Buscó otra tarjeta y volvió a escribir, más despacio, dejando espacio para cada letra.
Cuando llegó la hora de pedir otro deseo, Fabiana abrió la ventana. El viento levantó la tarjeta con su nombre y la llevó sobre los tejados. Fabiana saltó para atraparla, pero la tarjeta se enganchó en una cometa que pasaba.
La cometa ascendió, ligera, entre antenas y nubes rosadas. Fabiana bajó la mano y dejó de perseguirla. La observó desde la ventana y gritó: «¡Mi sueño también puede volar!» La tarjeta brilló un instante antes de subir más alto.
Fabiana guardó la fotografía, la receta y la tarjeta nueva en una caja decorada con diez estrellas. Cerró la tapa con ambas manos y la colocó junto a su cama. Afuera, la ciudad encendía sus luces, una ventana tras otra.
En la cama, Fabiana dibujó un futuro lleno de caminos: algunos conocidos, otros todavía blancos. En sus recuerdos convivían el antiguo país y la ciudad nueva, con sus tranvías y luces. Cerró los ojos sonriendo, lista para comenzar mañana.