Fulgencio entra al anfiteatro de piedra. El dragón abre la boca y escupe una bola de fuego.
La bola explota contra la pared. Fulgencio se agacha y rueda bajo las llamas.
El dragón lo mira, sorprendido. Luego prepara otra bola de fuego.
Fulgencio salta de lado cuando la segunda bola pasa zumbando. Cling, cling —suena el cascabel.
El dragón frunce el hocico, sacudiendo la cola. Fulgencio se arrastra hacia el pilar.
La tercera bola llega. Fulgencio se esconde detrás del pilar. El dragón estornuda: ¡ah-CHOO!
Una lluvia de ceniza cae sobre la cabeza del dragón. Fulgencio se limpia la cara.
El dragón, rojo y resoplante, cierra los ojos y se deja caer de rodillas. Bosteza.
El dragón se enrolla en una bola y se queda dormido. Un pequeño ronquido hace vibrar el suelo.
Fulgencio se acerca despacio. Le toca la cabeza con la punta de su bota. Sonríe.
Camina hacia la salida con la espalda recta, silbando. Al día siguiente, entra con paso firme.
Los niños lo saludan desde las gradas. Fulgencio se sienta a su lado y le abanica con un pañuelo.