Jengibre saltó del horno con un chasquido y rodó por el suelo de baldosas. ¡No me atraparéis!
«¡No me atraparéis!» gritó, y sus pies de galleta sonaron como tamboriles contra la madera.
Corrió hacia el jardín soleado, pero un ratón tembloroso salió rodando detrás de una maceta. «¡Un gato!» susurró.
El gato apareció al final del camino, con los ojos verdes brillantes como dos limas.
«¡Rápido!», dijo Jengibre, y ofreció su brazo de galleta al ratón. «¡Sube aquí!»
El ratón se agarró y ambos salieron disparados como un cohete de migas.
Llegaron a un callejón sin salida: una valla alta bloqueaba el camino. El gato se acercaba, ronroneando.
Jengibre empujó al ratón hacia arriba y él mismo se impulsó contra la madera. «¡Ahora!», gritó, y el ratón saltó por encima, seguido por Jengibre que se estiró como una escalera dulce.
Cayeron rodando por el otro lado, entre flores que hacían cosquillas. El gato se quedó atascado en la valla, gruñendo.
Jengibre y el ratón se miraron y empezaron a reír, un sonido crujiente y alegre que se llevó el viento.
«¡Correr juntos es mejor!», dijo el ratón, mordiendo un trozo de la manga de Jengibre.
Jengibre sonrió y siguieron corriendo, uno al lado del otro, dejando una estela de migas y risas.