Juan Diego está en el baño. Su mamá saca un frasco azul con una boquilla larga. «Es para tu nariz», dice ella.
Juan Diego se queda quieto. «No», murmura, escondido detrás de la toalla colgada.
Su mamá se agacha a su nivel. «Mira» — aprieta una vez, y un poquito de agua sale disparada.
Juan Diego abre los ojos como platos.
Juan Diego asiente. Su mamá lo ayuda a subir al taburete. «Sujeta el frasco», dice ella.
Juan Diego lo toma con ambas manos. La boquilla toca su nariz. Aprieta.
Pffft — ¡y un chorro de agua sale de su otra nariz! Se le moja la camiseta y se ríe sin poder evitarlo.
«¡Otra vez!», dice Juan Diego. Aprieta de nuevo: pffft, pffft.
El agua le corre por la barbilla. Su mamá le seca la cara con una toalla tibia.
Se seca la cara con la toalla. «Listo», dice ella.
Juan Diego se mira al espejo. Su nariz está limpia y brillante.
«¡Me siento como nuevo!», dice. Se toca la nariz con el dedo y sonríe.