Luzia levantó la mano con una idea lista para salir. Pero las voces se mezclaron y varias sillas chirriaron contra el suelo. Su pequeño implante emitió: «¡Pip!». Ella bajó la mano y miró su cuaderno mientras los lápices rodaban sobre las mesas de colores.
Luzia señaló sus oídos y esperó a que la miraran. «Una persona cada vez, por favor». Las sillas dejaron de moverse, la música se apagó y nadie habló encima de nadie. Entonces se oyó un delicado clic: un lápiz cerrándose.
Con el silencio nuevo, Luzia terminó su idea y el grupo eligió probar un juego en el rincón de equipo. Las tarjetas comenzaron a pasar demasiado rápido. Una saltó de la mesa y aterrizó sobre la cabeza de un compañero; las risas estallaron, y Luzia rió también mientras la recogía.
Luzia ordenó las tarjetas en una fila. «Hagámoslo con dibujos, gestos y más tiempo». Primero mostró una imagen, luego habló despacio y, por último, esperó. Sus compañeros copiaron la secuencia; las hojas crujieron, las manos se alzaron y cada turno encontró su espacio.
Una instrucción se confundió. Alguien señaló la tarjeta correcta; otra persona repitió el gesto. Luzia cambió el orden y todos probaron de nuevo. Esta vez, la imagen, las palabras y las manos avanzaron juntas, como piezas de un mismo juego.
Después empezó una búsqueda de dibujos por el aula. Cada pista llevaba a otra, entre carteles, mesas y estantes. De pronto sonó el timbre: «¡Riiing!». Las palabras se mezclaron, y Luzia quedó junto al mural sin entender la última indicación.
El grupo se detuvo y volvió a reunirse alrededor de Luzia, sin empujar. Una pista escrita apareció junto a un dibujo. Después, alguien hizo un gesto lento y claro. Luzia siguió las tres señales hasta una estrella dorada escondida detrás de un dibujo.
«¡La encontramos!». El aula estalló en aplausos. Luzia colocó la estrella en el mural y escribió debajo: «Nos escuchamos». Antes de cada juego, ahora se miraban, hablaban por turnos, dejaban espacio para responder e incluían a Luzia entre dibujos, voces y risas.