En la aldea de montaña, Kael agarra su cubo y empieza el camino.
Arrastra el cubo pesado por el sendero. Chirría, chirría, chirría. 'Más agua para mañana', murmura.
Llega al río. El agua le moja las rodillas, fría y brillante. Sube la pendiente y… ¡pum! Se golpea con una raíz.
'¡Ay!', protesta. El cubo se vacía. Baja otra vez a llenarlo.
Al día siguiente, un viento empuja su capa. Se asoma tras los helechos y escucha: zumba, suave, suave, suave. 'Qué raro', susurra.
Detrás de la cascada hay un lago brillante. El agua gotea, gotea, gotea… Kael se sienta y señala el manantial.
Corre a la aldea y grita: '¡El agua nunca se acaba!'. Los niños aplauden.
Los ancianos sonríen. Kael se para frente al grupo con el pecho erguido.