El sol desapareció detrás de las montañas. Kairo clavó su estandarte en el sendero y entró en el valle. Una ráfaga apagó su linterna. Apretó la espada y dijo: «La noche no decidirá por mí».
Kairo avanzó entre sombras largas y encontró huellas plateadas sobre el polvo. Las siguió hasta una bifurcación de tres senderos. Del primero llegó un crac; del segundo, un silbido; del tercero, un ¡pum! Kairo retrocedió un paso y miró hacia la bajada.
Kairo escogió el sendero que bajaba hacia una cueva. La entrada parecía una boca abierta entre las rocas. Desde dentro llegó otro crac, seguido por un eco que hizo temblar los guijarros. Kairo levantó la linterna apagada y avanzó con pasos pequeños.
Dentro de la cueva, una sombra enorme saltó sobre las paredes. Kairo alzó el escudo y gritó: «¡Alto!». La sombra estornudó. ¡Achís! Una nube de polvo cayó sobre su casco: era una roca desprendida con forma de gigante.
Kairo corrió hacia un paso estrecho. La oscuridad pareció deslizarse detrás de él, pegada a las paredes. Entonces una piedra rodó con estrépito y bloqueó la salida. Kairo frenó frente al obstáculo, mientras el viento silbaba entre las grietas.
Kairo sujetó una cuerda que cruzaba la piedra. Sus manos temblaron mientras el viento silbaba: fiu, fiu. Miró la pequeña franja de cielo al otro lado. «Un paso más», pensó. Se inclinó y tiró con todas sus fuerzas.
La piedra cedió de golpe. Kairo la apartó y salió al paso de la montaña. Detrás quedaron la cueva, el polvo y sus ecos. Delante, la cima se recortaba contra un cielo oscuro, salpicado por las primeras estrellas.
En la cima, Kairo clavó de nuevo su estandarte. La tela azul se abrió bajo las estrellas. Todavía observó las sombras con cautela, pero siguió por el sendero bañado de luna. Sus pasos firmes marcaron el camino de regreso.