Piumino aterriza en el campanario. Pica con el pico la gran Campana de Navidad. Toc. Toc. Silencio.
Piumino inclina la cabeza. El hierro bajo sus garras está helado. Pensó: «¿Dónde se habrá quedado el sonido?»
Piumino planea sobre los tejados de madera. Busca el sonido entre la nieve. Se detiene: una cola marrón asoma entre el blanco.
Un topo está atrapado. Su madriguera está enterrada bajo la nieve. Tiembla y susurra: «Ayúdame.»
Piumino rasca la nieve con el pico. La aparta en montecitos. Montecito tras montecito, la oscuridad cálida de la madriguera vuelve a aparecer.
El topo resopla: «¡Ah-CII!» y se desliza para adentro. Piumino sacude las plumas. Sigue habiendo silencio. Ningún sonido de campana.
Piumino regresa al campanario. Se sienta en el borde de piedra. Mira las huellas del topo en la nieve fresca.
El topo ha estornudado. Piumino ríe de pico abierto y bate las alas. Y en ese momento: ¡BUM!
La Campana estalla en oro entre los pinos. El sonido rueda por las casas de madera. Repiqueteo de cristales, nieve que baila.
Piumino abre las alas en abanico y planea. El pueblo canta. La Campana no se calla más.