Leo entra en su dormitorio y se acerca al espejo grande. La luz de la mañana pinta rayas doradas sobre la alfombra.
Leo pega la nariz al vidrio: ¡ploc! El espejo devuelve su cara. «¡Hola, Leo!», dice, y un pequeño eco responde.
Leo abre y cierra los ojos. La lámpara brilla, y sus ojos siguen la pelota roja hasta sus pies.
«Mis ojos sirven para mirar», dice Leo. La pelota roja se detiene junto a sus pies.
Leo arruga la nariz y huele su pijama recién lavado. El jabón perfuma el dormitorio.
Leo mueve la nariz de un lado a otro. «Mi nariz sirve para oler», dice frente al espejo.
Leo abre la boca, sonríe y dice: «Aaa». Luego toma aire para soplar.
«¡Fuuu!», sopla Leo. Una pluma de la almohada salta por el aire, y Leo ríe: «Mi boca sirve para hablar y soplar»
Leo se tapa la boca y susurra. Su voz sale bajita, casi como un secreto.
Leo destapa sus orejas. Entonces oye el reloj: «Tic, tac. Tic, tac».
Leo se queda quieto y escucha con atención. «Mis orejas sirven para oír», dice al reloj.
Frente al espejo, Leo vuelve a mirar, oler y hablar. «Mis sentidos trabajan conmigo», piensa mientras el reloj hace tic, tac.