Caramelo llegó a la escuela de dulces. La puerta era de turrón y no se abría.
Escuchó un crujido de turrón y olió almendras. Su cara se caía. Pateó unas grageas.
Una voz gritó desde dentro: «¡La puerta es de turrón crujiente!». Una ventana de gomita brilló.
El compañero golpeó la puerta. ¡Crac! Se abrió una grieta. Caramelo se acercó. El hueco era muy pequeño.
—Necesitamos un puente —dijo Caramelo. Sus amigos asintieron. Recogieron barras de chocolate y caramelo.
Las rompieron y las pegaron con caramelo. Una barra se partió y cayó en el sirope. La recuperaron.
Faltaba un tramo. Caramelo sacó su moneda de chocolate y la colocó con cuidado.
El puente estaba terminado. Caramelo lo cruzó primero. Sus amigos lo siguieron.
Entraron a los pasillos de turrón. Miraron por las ventanas de gomita y reían.
Compartieron dulces y siguieron explorando. Caramelo sonreía.
Ya no se sentía perdido. Tenía amigos. Y una escuela toda dulce para explorar.
La escuela de dulces brillaba a su alrededor. Caramelo se sentía en casa.