Canela duerme en una piedra lisa. Caminos de luz azul y fría se cruzan a su alrededor. El silencio es tan hondo que solo se oye el parpadeo del suelo.
Una voz murmura: «Canela…». El suelo parpadea dorado. Todas las luces de las paredes se encienden de golpe, señalando hacia lo lejos.
Clic, clic, clic. Sus patitas sobre la piedra fría. Canela camina hacia la gran puerta de luz que zumba como una abeja enorme.
Una veta lo barre de arriba abajo. Parpadea, parpadea, parpadea. Se detiene donde brilla un puntito cálido. Un silbido largo, y un whoosh de aire que huele a pan.
El aire entra tibio. Huele a pan recién horneado. Delante, el túnel cambia: ya no hay azul, hay café y lluvia tibia.
Canela corre por el túnel. Detrás, la luz azul se apaga, se apaga, se apaga. Delante, el olor a café y a tierra mojada.
Empuja la puerta con su hocico. Un brazo lo toma por el lomo. «Canela, ¿dónde estabas?»
Canela salta: todo estirado, patas en el aire, lengua colgando. «¡CANELA!» Dos brazos lo aprietan. Su cola es un borrón.
Un cuarto tibia. Un reloj tic-tac. Dos pares de manos sobre su lomo. Canela no se mueve. Solo respira.
Canela se hace un bolito bajo la lámpara ámbar. Una mano, lenta y firme, sobre su lomo. Muy lejos, una lucecita dorada parpadea una vez. Se apaga. Canela cierra los ojos.