El valle dormía bajo una luna enorme. Sobre el lago inmóvil, formas cristalinas flotaban como barcos de hielo. Una luz misteriosa saltó de una a otra y se alejó. Mara corrió tras ella; las hojas plateadas crujieron bajo sus zapatos.
La luz cruzó el lago brincando entre cristales transparentes. Mara la siguió hasta la orilla opuesta, donde los árboles parecían hechos de plata. La luz se detuvo frente a un cristal oscuro. Allí apareció una despedida que Mara conocía demasiado bien.
Mara alzó la mano hacia la imagen. El cristal retrocedió con un tintineo: ¡clin, clin! La escena se deshizo en sombras. Mara bajó la mano y pensó: «No puedo quedarme aquí». Entonces siguió la luz entre los árboles.
Entre los troncos plateados surgieron nuevos fragmentos. Una risa giró como una cinta; una puerta se cerró de golpe. Mara apretó su pequeña brújula de cobre entre los dedos. Quiso esconderse detrás de un árbol, pero la luz se partió en tres luciérnagas brillantes.
Las tres luces revolotearon sobre la cabeza de Mara. Una rozó su nariz. «¡Achís!» El sonido rebotó entre los troncos. Mara salió de detrás del árbol, mirando hacia el valle más silencioso, y caminó tras las luces, que avanzaban juntas como una diminuta constelación.
En la parte más callada del valle, las luces se unieron sobre el lago. De pronto, todos los recuerdos se elevaron: risas, puertas, despedidas y voces sin rostro. Juntos formaron un cristal gigantesco que cubrió la luna. El agua quedó oscura y quieta.
Mara se acercó al borde del agua y dejó la brújula sobre la orilla. Miró el enorme cristal. «No voy a olvidarte. Voy a continuar». Entonces una claridad dorada brotó de sus pasos y atravesó la oscuridad con un estrépito de campanas.
¡CLANG! El cristal se abrió en cientos de destellos. Cada fragmento flotó sobre el agua junto a la luz dorada. La luna reapareció, más luminosa que antes. Mara recogió la brújula y esperó mientras los recuerdos encontraban su lugar en el cielo.
Mara caminó bajo la luna luminosa. Los reflejos flotaron a su lado, rozando el agua sin hundirse. El valle seguía lleno de recuerdos: una risa, una puerta, una despedida. Pero cada paso encendía un camino nuevo entre las hojas plateadas.
A cada paso, una nueva luz despertaba. Mara no volvió la vista atrás. Bajo los árboles plateados, la noche guardó sus recuerdos, y el camino dorado avanzó con ella hacia el otro lado del valle.