El jardín entero tenía sed. Las flores se doblaban hacia el cielo. Arriba, las nubes flotaban tranquilas.
Nubi cae plana sobre la flor de sol más alta. «¡Apretá, apretá!» estirándose. Un plás minúsculo cae al pétalo.
La flor estornuda polvo dorado encima. Nubi parpadea y mira abajo: todo el jardín sediento la espera.
Plink. Tararea. Plink. Frunce el ceño. Plink. Las gotas no bastan; las flores solo reciben un hilo.
Nubi se arruga hasta parecer una pelotita apretada. «¿Qué hago?», piensa en silencio.
Una brisa suave jala un borde suelto. «No, solita. Con calma», susurra el viento. Nubi se desequilibra.
La brisa señala tres nubes lejanas. «Juntas». El aire huele a pasto mojado.
La brisa hace girar a Nubi hasta juntarla con dos nubes gordas y una nubecita raquítica. Quedan apretadas, juntas.
«¡PLOP!» Lluvia de verdad. La nubecita estornuda y las gotitas se vuelven plateadas y brillantes. El jardín estalla en colores mojados.
Son cinco nubes ahora, lloviendo juntas. Una margarita estira un pétalo y le toca la barriga. Nubi rebota un poquito más alto.