Nobody empuja la puerta de la escuela y avanza haciendo «slurp» hasta su pupitre. Se sienta, saca un cuaderno vacío y su bolígrafo azul. La mañana entra por los grandes ventanales, dorada y silenciosa.
Nobody araña la hoja con el bolígrafo. Las letras salen como garabatos entrelazados, un nido de hormigas enfadadas. No es lo que quería escribir. Suspira y mira las manchas de tinta en sus dedos.
Lo intenta por segunda vez y borra con furia hasta que el papel se vuelve fino y se rasga. La hoja queda hecha un caos de líneas rotas. No puedo hacerlo, piensa Nobody, apartando la página estropeada.
Un cuaderno verde se desliza a su lado. Es nuevo, y la cubierta todavía está brillante e inmaculada. Nobody levanta la mirada. Luca le hace un pequeño gesto con la cabeza y luego vuelve a sus dibujos.
Luca abre el cuaderno verde y dibuja tres símbolos: una nube de tormenta, una taza agrietada y un ovillo de lana enredado. ¿Cuál de estos?, pregunta, señalando cada dibujo con el dedo. Nobody se queda mirando la nube.
Nobody señala la nube con un dedo tembloroso. El parloteo de la clase desaparece. Abre el cuaderno verde y, muy despacio, escribe: enfadada. Después añade: triste. Por fin, las palabras parecen encontrar su sitio.
La maestra oye el roce de las páginas y se acerca, mirando el cuaderno verde. Se inclina hacia Nobody con sus ojos curiosos detrás de sus gafas de gato. Ahora lo entiendo, dice con voz dulce.
La maestra pone una mano en el hombro de Nobody y asiente, con los ojos iluminados por una sonrisa. Nobody respira profundamente. El lápiz le rueda por el pupitre y se detiene contra su zapatilla deportiva.
En el recreo, Nobody corre por el patio con el cuaderno verde apretado entre las manos. Dos compañeros se acercan, curiosos. Les muestra la nube y la taza agrietada, riéndose del ovillo de lana enredado.
Los compañeros preguntan si pueden añadir sus propios símbolos. Nobody asiente y les tiende el cuaderno verde. Uno dibuja un sol y el otro, un pájaro volando. El cuaderno se vuelve cada vez más bonito.
Suena el timbre. Nobody se queda un momento, recorriendo con la yema del dedo las formas conocidas del cuaderno verde. Luego se levanta, aprieta el cuaderno contra el pecho y vuelve a clase con paso ligero.
De vuelta en clase, Nobody se sienta en su pupitre. Abre el cuaderno verde y toma el bolígrafo azul. Esta vez, las letras salen rectas, una detrás de otra, como soldaditos en fila.