La arena tibia le acariciaba los pies. Ale miró a su alrededor: sus padres ya no estaban.
Un sonido suave: cric, cric, cric. Una grulla blanca apareció a sus pies.
La grulla caminó hacia la playa. Ale la siguió. Pío. Pío.
Entre las rocas y los caracoles, la grulla voló bajo, cerca de sus hombros.
Ale reía. La perseguía por toda la orilla sin cansarse.
La grulla se posó sobre la toalla roja. Ale se acercó despacio.
¡Papá! ¡Mamá! Estaban al otro lado, con los brazos abiertos.
La grulla se elevó al cielo. Ale levantó la mano, sonriendo. Las olas seguían llegando.