La radio chasqueaba. Su placa brillaba con la luz del sol. La van de policía se quedaba quieta en la calle.
¡BUM! La puerta se abrió de golpe. Un gato gordo se deslizó dentro, patas agitando, papeles por todas partes. La taza de café se volcó. ¡PLAF! —¿Qué?
—¡Para, gato! Dio un pisotón. El gato gordo se dejó caer en el asiento, con una pata estirada hacia el sol. Se frotó la manga. El pelaje anaranjado no se quitaba.
—¡Fuera, gato! Sacudió la van. El gato gordo caminó tambaleando por el tablero. Su redonda sombra cayó sobre su cara. Apoyó la frente en el cristal frío. Una patita pequeña tocó el botón del claxon.
La panza pesada del gato se acomodó sobre el claxon. ¡BEEP! ¡BEEP! ¡BEEP! Las ventanas vibraron. A tres casas de distancia, una vecina asomó la cabeza. Él abrió la boca. La cerró de golpe. Sus hombros temblaban.
Se golpeó la rodilla. —¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Se dobló de risa. El gato gordo ronroneaba, con la cola chasqueando contra el volante. El claxon seguía sonando. La luz del sol inundó la van. Al otro lado de la calle, alguien pitó en respuesta.
El gato movió el peso. El claxon se detuvo. Silencio. El gato gordo se enrolló en el asiento, panza subiendo, panza bajando. Se acomodó la corbata.
La radio chasqueó otra vez. El gato gordo estiró una pata hacia el rayo de sol. Apoyó la nariz contra el cristal. La calle volvió a la normalidad. Más o menos.