Ian entra corriendo por la cocina pateando su balón amarillo. ¡Tum, tum, tum! El balón rebota contra la pata de la mesa como un tambor pequeño.
Se detiene junto al refrigerador lleno de fotos. Mira a un hombre sonriente con camiseta de fútbol. Pone las manos en la cintura. El refrigerador zumba bajito.
Cierra los ojos un momento. La cocina se transforma: las sillas son tribunas y la ventana un cielo brillante. ¡Gritan millones de personas! Abre los ojos y corre driblando el balón.
¡Pum! Chuta fuerte pero el balón golpea el poste invisible y rebota hacia atrás. Se detiene en seco. El balón rueda despacio hasta su tobillo. El zumbido del refrigerador baja más.
Respira hondo y se coloca frente al balón imaginario. Arriba, en lo alto de la cocina, brilla un trofeo dorado que le guiña un ojo. Da un paso atrás y chuta con todas sus fuerzas.
¡Zas! El balón vuela y cae redondo dentro de la red invisible. El trofeo dorado baja flotando y se posa entre sus brazos. Es pesado y tibio. ¡Gol!
El trofeo descansa sobre la mesa de madera, brillando suavemente. Ian se deja caer en la silla y apoya la frente en la superficie lisa. El balón amarillo está doblado cerca de sus pies. Una sonrisa lenta se dibuja en su cara.
Ian se levanta despacio, toma el balón y da una patada suave al aire. El balón sube, baja, gira.