Leo entra al jardín con los ojos muy abiertos y las palmas hacia abajo. Sus dedos rozan una margarita; los pétalos son suaves como algodón. '¡Guau!' susurra, y un escarabajo rojo se detiene sobre su dedo índice.
Leo se arrodilla junto al arenero. Sus manos hunden en la arena rugosa que cruje entre sus dedos. La arena se cuela por sus muñecas y cae en montoncitos.
Leo ríe mientras forma una torre que el viento hace tambalear. En la cocina, abre el grifo. El agua fresca le moja las palmas y salpica el fregadero con un plip plip constante.
Leo sonríe, pero al girar el grifo, el agua se escapa y moja sus zapatillas. Se detiene en seco.
Una abeja zumba cerca de la maceta y se atasca en la tela de una telaraña brillante. Leo se acerca despacio, extiende los dedos y empuja con cuidado un hilo hasta que la abeja libera sus patitas y vuela.
La abeja hace un círculo sobre su mano antes de marcharse. Leo se sienta en el porche y mira sus manos sucias de arena, agua y un poco de tierra.
Las abre, las cierra, y las frota una contra otra con una sonrisa tranquila. Al lado, la margarita se mece y la torre de arena ya no está.
Su jardín sigue esperándolo. Mañana volverá a tocar las flores, a jugar con la arena y a ayudar a los bichos.