Página hunde los dedos en la tierra junto a la raíz del roble. Algo plano empuja hacia atrás. Rasca, rasca... y saca un libro de tela.
El barro le mancha la nariz. Lo abraza contra el pecho y se tapa los oídos. Las letras hacen: ¡bzzzz, bzzzz, bzzz!
Bajo la lámpara amarilla, Página abre el libro a medias. Mundos diminutos se asoman: un bosque de botones, una ciudad de papel doblado.
Un pajarito de papel vuela hasta su nariz. El papel cruje como hojas secas. Ella contiene la respiración.
Noche uno: susurra la palabra. Noche dos: tararea la frase entera. Cada noche, su voz sube un poquito más.
Noche tres: lee una línea en voz alta. El pajarito de papel aletea. El marco de la cama cruje, cruje, cruje.
Página levanta la mano. —Yo la leo —dice, y la última línea del libro sale de su boca, de principio a fin.
El aula calla. Un lápiz chasquea sobre el escritorio. Los munditos de la página parecen lucernitas encendidas.
Página pasa la puerta verde. Ante el roble, hunde el libro bajo la raíz y le planta una margarita blanca.
El viento le revuelve las hojas. Tararea la última línea bajito. Las letras ya no parecen bichitos: parecen estrellitas.