En la cancha municipal, Nala lanzó el balón hacia la canasta. Rebotó en el aro y cayó dentro de una papelera: ¡CLANG! Los árboles parecieron guardar silencio.
Nala sacó el balón justo cuando tres niños del equipo PANTERAS corrieron hacia ella. La niña de trenzas señaló la canasta; el niño de gorra levantó dos pulgares. El niño pecoso gritó: «¡Juntos, otra vez!»
El partido comenzó con pases que se cruzaban y pies que tropezaban. Nala corrió hacia la canasta, pero sus compañeros se quitaron el balón y dejaron escapar dos pases. ¡Fiuuu! El silbato cortó el aire; las hojas temblaron.
El marcador creció demasiado rápido. PANTERAS perdió por muchos puntos, y Nala recogió del suelo la cinta del equipo. Estaba raspada y polvorienta. Pensó: «Mañana sabremos hacerlo mejor».
Al día siguiente, regresaron junto a los bancos de madera. Primero pasaron el balón con calma. Después gritaron sus nombres. Finalmente esperaron su turno para lanzar, uno detrás de otro.
El balón golpeó el tablero, saltó sobre un banco y aterrizó de pronto en las manos de un hombre de cartón recortado. Los cuatro niños soltaron una carcajada. «Otra vez», dijo Nala, recuperando el balón.
En el partido decisivo, Nala recibió el balón y atrajo a dos rivales hacia la línea. Pasó al niño de la gorra. Él envió el balón al tercero, que se lo devolvió justo cuando sonó el último silbato.
Nala lanzó. El balón giró sobre el aro, rozó la red y cayó dentro. ¡Susurro! PANTERAS ganó por un punto. La cinta raspada ondeó mientras los cuatro niños saltaban juntos.