Tito llega a la escuela con su mochila de dragones y un lápiz naranja detrás de la oreja. Los niños del patio lo miran y se alejan; Mateo hace una mueca. «Ese es el niño del dinosaurio», murmura. Tito se detiene, aprieta el lápiz entre sus dedos y suspira.
Mateo se acerca y hace una mueca. «Ese es el niño del dinosaurio», murmura. Los demás ríen. Tito se detiene, aprieta el lápiz entre sus dedos y suspira.
En el aula, Tito dibuja un dragón volador sobre un papel arrugado. Mateo se acerca, le arranca la hoja y la arruga en un puño. «¿Esto es arte?» bromea, y los demás ríen. Tito se levanta, recoge su mochila y sale al patio.
Tito se levanta, recoge su mochila y sale al patio. Baja al rincón del árbol y saca un lápiz naranja. «¿Esto es arte?» bromea Mateo. Los demás ríen. Tito suspira y se marcha.
Bajo el árbol del rincón, Tito dibuja otro dragón en el suelo con tizas de colores. Sus trazos son grandes y vibrantes, y los colores brillan bajo el sol.
De pronto, Lana se detiene y lo mira con los ojos bien abiertos. «¡Es un dragón!» exclama, y los demás niños se acercan curiosos.
Mateo se pone rojo y murmura: «Lo siento. No debería haberte hecho reír.» Tito lo mira, luego mira el dragón y asiente lentamente.
Lana se sienta junto a Tito y le presta un crayón azul. Mateo se acerca con uno rojo y lo usa para agregar escamas al dragón.