En una casa acogedora, un cachorro llamado Leoncito vivía lleno de curiosidad.
Un día, Leoncito saltó sobre el cojín del sofá. ¡Pum! Aterrizó rodando hasta el borde.
Sus orejas gigantes se le cayeron. Sus ojos celestes miraron el suelo, buscando una salida.
Oyó un zumbido y corrió a la puerta trasera. Empujó con su naricita y ¡zas! La puerta se abrió.
El jardín olía a tierra mojada. Unas mariposas azules pasaron volando sobre su cabeza.
Una mariposa se posó en una flor enorme, más alta que él. Leoncito intentó subir por el tallo.
Sus garras resbalaron y se dejó caer de cuatro patas. Un grillo cantó cerca. Entonces algo brillante relució bajo las hojas.
Era una llave pequeña y dorada. La tomó con los dientes y la sacudió. ¡Clic! Abrió un cofre escondido entre las raíces.
Su cola comenzó a moverse de lado a lado y sus ojos celestes brillaron más que la llave.
Dentro del cofre había un espejo. Leoncito se miró, se puso derecho, ladró fuerte y corrió hacia la casa con la llave colgando de su boca.