Papá se agachó y señaló el parque. "Mira, Leo — cada puerta tiene una llave." Leo asintió y sujetó la cuerda de su mochila.
Leo apretó el llavero en su bolsillo. No le gustaban las puertas que no conocía.
Una señora sonrió y extendió una galleta. "¿Quieres esta?" Leo dio un paso atrás. El aroma a chocolate llegó hasta su nariz.
Leo negó con la cabeza. "No, gracias. Papá me espera."
Un hombre con una bicicleta nueva se detuvo. "Te ayudo a cruzar." Leo no se movió.
Su voz fue firme: "No, gracias. Papá me espera." La bicicleta se perdió entre los coches.
Leo caminó de la mano de papá por la vereda. Las luces de la calle empezaron a parpadear.
"Muy bien, Leo," dijo papá, apretando su mano. El parque quedó atrás, tranquilo.
Esa noche, Leo guardó sus llaves en el cajón. Suena el timbre. Se ríe.
"Soy fuerte — ya sé qué hacer."