Leo se detiene frente a la puerta de la universidad. Respira profundo: uno, dos, tres, cuatro. La correa de su mochila aprieta sus dedos.
Un susurro lo hace voltear. Las plantas del pasillo se mueven. Leo aprieta los ojos, respira otra vez, y empuja la puerta.
Empuja la puerta grande. Entra al salón lleno de luz y plantas verdes. Las caras lo miran.
El entrevistado lo observa serio. Leo se queda quieto, con los zapatos gastados bien plantados en el piso. Abre la boca, pero no sale nada.
Respira profundo otra vez — uno, dos, tres, cuatro. Sus manos se mueven. Empieza a hablar.
Habla de lo que quiere enseñar. Las hojas de las plantas tiemblan con el viento de su voz.
El entrevistado sonríe. Las plantas se balancean felices.
Leo sale del salón con la cabeza alta. Camina con paso seguro hacia su futuro.
Uno, dos, tres, cuatro. Esa fue la cuenta que lo llevó hasta aquí.
La correa de su mochila ya no aprieta. Ahora le recuerda que puede.