El agua cae sin parar sobre Piura. Las calles se convierten en ríos turbulentos y el colegio desaparece bajo el lodo. Matías se queda quieto, pegado al vidrio del aula.
Tomás le tira de la manga. —El bus escolar no va a venir hoy. Matías asiente sin mirar, retorciendo el borde de su mochila. Las gotas golpean el ventanal como dedos pequeños llamando a la puerta.
A lo lejos, Matías ve a la señora Carmen balanceándose entre el agua. Sus bolsas resbalan de los brazos. —¡Vamos a ayudarla! —dice, quitándose ya el impermeable y sosteniéndolo como una red.
Tomás agarra dos bolsas de tela del estante y los demás se agrupan alrededor. Entre todos avanzan hacia la inundación, formando una línea temblorosa hombro con hombro.
Las botas amarillas de Sofía se deslizaron de ambos pies a la vez y flotan corriente abajo como patitos. Ella grita, luego estalla en risa, y Matías la toma de la mano firmemente mientras saltan juntos.
Desde el umbral del aula, sus compañeros pasan latas y cajas que nadie ha soltado aún. Matías y Tomás las distribuyen entre los más pequeños, organizando un puente improvisado con lo que encuentran.
En la panadería de la esquina, el señor Ruiz empuja sacos de harina con fuerza, pero el agua los arrastra de vuelta una y otra vez. Matías se arremanga y se adentra en la corriente.
Matías carga un saco hasta que el peso lo hace tropezar y caer de rodillas. Pero sus compañeros entran en un ritmo: uno pasa, uno carga, uno deposita. Pronto los sacos están apilados seguros sobre el mostrador.
El polvo de harina flota en el aire, atrapando la luz dorada del farol que parpadea encendido. Nadie habla. Solo se escucha el agua correr y la respiración cansada de todos.
La lluvia se reduce a un tapecito suave contra el techo de la escuela. Matías y sus compañeros se sientan en los escalones secos de la biblioteca, envueltos en mantas que la señora Carmen trajo.
Comparten empanadas calientes que humean entre sus manos. Alguien empieza a aplaudir un compás lento, y pronto todo el grupo taconeaa con sus botas lodosas al mismo tiempo.
El sonido rebota por la calle tranquila. Matías sonríe sin razón, mirando el cielo donde las nubes comienzan a abrirse. Piura respira. Y hoy, todos respiraron juntos.