¡Abuela, quiero los dulces! grita Leo, señalando las cajas brillantes con el dedo tembloroso. Ella lo toma de la mano y lo lleva hacia los aromas del mercado. Hoy exploramos, dice ella, con una sonrisa que ilumina su rostro mientras caminan juntos.
Leo ve montañas de naranjas y moras oscuras brillando bajo el sol cálido. Sus pies se detienen frente a los montículos dorados y púrpuras. El aire huele a tierra mojada y frutas maduras. No puede dejar de mirar.
Su abuela le ofrece un mango amarillo perfectamente maduro. El pequeño lo recibe con ambas manos. La piel lisa brilla bajo la luz del día. Abre la boca listo para morder.
El jugo corre por su mentón Gotas doradas manchando su camisa. Sus ojos se hacen grandes como platos. No puede creer lo dulce que sabe. Sonríe sin poder evitarlo.
Un tomate rojo cruje cuando Leo lo corta con sus manos pequeñas. Es como una fruta, grita saltando de emoción. Su abuela ríe alta, haciendo temblar las hojas verdes cercanas.
Su abuela ríe sin parar, haciendo temblar las hojas verdes alrededor. El sonido limpio llena el aire cálido del mercado. Leo también ríe, compartiendo el momento especial con ella.
Su abuela arma un plato arcoíris con vegetales morados y verdes brillantes. Leo lo mira fijamente, hipnotizado por los colores vibrantes. El arcoíris lo mira a él. Toma una mordida grande y sonríe ampliamente.
Al día siguiente, Leo trae su plato al patio soleado donde juegan sus amigos. Se acercan curiosos preguntando qué es eso. Leo mueve el tenedor, haciendo brillar los colores vibrantes. Los colores invitan a probar.