Lola entra al aula. Los niños construyen una torre alta con bloques de colores. La maestra le entrega una tarjeta con tres dibujos.
Lola aprieta la tarjeta contra su pecho. El papel áspero le rasca los dedos. Mira los dibujos y ve cómo los niños se turnan para colocar un bloque.
Lola señala la tarjeta con el dibujo de la mano. El niño niega con la cabeza y sigue colocando bloques.
Lola baja la tarjeta. El borde doblado raspa su palma. Da un paso atrás y el piso cruje bajo sus zapatos.
Lola usa la tarjeta con dos figuras. Los niños juegan a atrapar una pelota. Ella la extiende, pero la pelota rueda lejos.
Lola persigue la pelota. La falda se enreda en sus tobillos. La recoge, la limpia contra sus jeans, y la extiende hacia los otros.
Los niños pintan un mural grande. Una niña agarra el último crayón verde sin pedir turno. La otra niña frunce el ceño. Sus labios tiemblan.
Lola se acerca. Sostiene la tarjeta con dos figuras y un círculo, y señala el crayón. La niña que llora mira los dibujos.
La niña asiente y ofrece el crayón a Lola. No dice nada. Solo extiende la mano.
Ahora, cada mañana, Lola coloca su tarjeta en la mesa del rincón de juegos. Los niños la toman, la pasan y la devuelven sin decir una palabra.
El sonido de risas y bloques chocando llena el aula. Lola ríe también. Golpea la tarjeta con suavidad contra la madera.
La tarjeta ya no está solo para ella. Ahora está en la mesa del rincón. Todos la usan.