Lucía persigue una mariposa azul que zumba cerca del borde del pozo; sus zapatillas patinan sobre las piedras húmedas y cae en la oscuridad. El impacto la hace rodar hasta detenerse contra un musgo blando; un zumbido agudo le llena los oídos y todo se vuelve negro.
Cuando abre los ojos, la luz filtra entre hojas doradas y unos pasos suaves se acercan.
Animales con pelaje brillante y ojos grandes la observan desde entre los troncos; uno de ellos emite un chillido agudo y Lucía comprende que pregunta su nombre. Ella intenta responder con un susurro ronco, pero los animales retroceden asustados y desaparecen entre los arbustos. Un olor a tierra mojada y flores silvestres llena el aire mientras Lucía permanece quieta, con las manos apoyadas en el suelo frío.
Una liebre pequeña con orejas manchadas de blanco se asoma desde una grieta; sus bigotes se mueven y murmura algo que Lucía entiende claramente.
Lucía extiende la mano lentamente, pero la liebre se encoge y esconde un objeto plateado bajo sus patas delanteras. La liebre da un paso atrás y sacude las orejas con desconfianza; un destello plateado parpadea bajo su pelaje.
La liebre se acerca de pronto y posa su manita sobre la palma de Lucía; el contacto es cálido y suave como terciopelo. Lucía sonríe y murmura 'gracias' en el idioma de los animales; la liebre emite un chillido alegre. Los árboles parecen susurrar con las hojas y la luz del sol forma círculos dorados en el suelo, sellando la nueva amistad.
Lucía se sienta junto a la liebre y observa cómo otros animales se asoman con curiosidad; ninguno huye. La liebre empuja el objeto plateado hacia ella: es una pequeña llave que brilla con luz propia.
Lucía guarda la llave en su bolsillo y la liebre se acurruca contra su pierna; ambos miran hacia el bosque encantado, sabiendo que el camino a casa puede esperar.