La escuela Arcoíris Feliz se asomaba entre los árboles, con sus murales brillantes y sus jardines llenos de flores.
Lucía levantó la mano despacio, despacio, como si fuera a tocar el techo. La profesora Ana sonrió: —Hoy aprendemos jugando.
Los niños miraban con los ojos bien abiertos. La profesora sacó tarjetas de colores, bloques y papeles arrugados. —¿Vamos a jugar?
Construyeron torres que se caían, pintaron un mural gigante en la pared, se hicieron máscaras de animales. La risa crecía, crecía, crecía.
De pronto, Lucía levantó la tarjeta azul y gritó: —¡El arcoíris está aquí!
Todos miraron: el mural nuevo brillaba con los siete colores como magia pura. Las risas llenaban el aula sin parar.
La tarde caía dorada por las ventanas. Las aulas sonreían con luz nueva. El ruido de hoy era un sonido bonito.
Lucía sonrió. El aprendizaje también podía ser alegría.