El sol dibuja un rectángulo dorado en la alfombra. La niña pequeña extiende un papel arrugado y lo recorre con el dedo.
"¡Hoy voy a buscar el tesoro más grande del mundo!" murmura, aunque su mamá solo se asoma un momento desde la cocina.
Empuja una olla de acero y encuentra tres monedas de chocolate. Las saca con ambas manos, brillando en la penumbra del armario.
Le da un mordisco. Solo sabe a cacao amargo. Una migaja le cae sobre la lengua y hace una cara divertida.
El aroma a mantequilla la empuja hacia el patio. Corre entre macetas y se detiene bajo el árbol del limón.
Aparta hojas secas junto al tronco. Tres piedras lisas brillan como diamantes —una roja, una azul y una amarilla—.
Las guarda en los bolsillos. Las saca una por una para mirarlas. Una abeja zumba cerca de un girasol.
De vuelta en la sala, coloca las piedras sobre la mesa baja. Empuja el mapa hacia un lado y se queda mirando.
De pronto, la luz del sol golpea la lámpara de la chimenea. Los tres colores bailan por toda la pared.
La luz sigue moviéndose y los círculos se agrandan, se achican, se mezclan. La niña no parpadea.
La luz continúa su espectáculo. Los círculos rojos, azules y amarillos recorren las paredes como si fueran vivos.
Una risa conocida la hace girar. Su mamá está en el sofá, con las piernas cruzadas y la chaqueta amarilla al lado.
La niña corre hacia ella. La mamá abre los brazos y la envuelve en un abrazo que huele a pan recién horneado.
"Ya encontré el tesoro más grande del mundo", murmura contra su hombro. La mamá la aprieta con suavidad.
La niña susurra que ya lo encontró. Las tres piedras brillan sobre la mesa, juntas, como esperando.
Ya no necesita el mapa. El tesoro más grande del mundo vive en la sala, entre galletas y luz dorada.