Luna se detiene al borde del bosque. Los árboles cantaban: un zumbido grave, un silbido agudo, un tañido metálico.
Un paso se acercaba. El suelo crujió. Algo la llamaba desde entre los troncos.
Luna se quitó una zapatilla y la presionó contra la corteza. El zumbido se convirtió en un murmullo. ¡La hizo reír!
Se quitó la otra zapatilla y la presionó contra otro tronco. Chasquido seco. Retrocedió asustada. Los árboles susurraban entre sí.
Intentó cantar como el primer árbol. Su voz salió desafinada. Intentó silbar como el segundo. Nada.
Se sentó en la raíz de un árbol grande, con los puños cerrados. El árbol emitió un sonido largo, profundo, como un suspiro.
El sonido la envolvió. Se quedó quieta. Cerró los ojos.
De pronto, todos los árboles empezaron a cantar al unísono. No era un ruido: era una melodía.
Luna abrió los ojos. La melodía cambiaba cuando sonreía, se detenía cuando fruncía el ceño.
Un pájaro cayó del aire y se posó en su hombro, cantando la misma melodía.
Caminó hacia adentro del bosque, arrastrando las zapatillas vacías. Los árboles la saludaban con un susurro conocedor.
Ella les respondió con un canto torpe pero sincero. Los árboles se reían. El bosque entero vibraba.
Luna sonrió y siguió caminando, escuchando. El bosque vibraba a su alrededor.
Cada árbol tenía su propia melodía. Y ahora, Luna conocía todas.