Lunara arranca las cortinas azules de un jalón y se hunde bajo el mantón. La luna dibuja una cicatriz plateada en el suelo. Aprieta el borde de la manta, escucha el viento patalear contra el cristal y piensa: «No quiero dormir.» Un golpe suave en la puerta la hace saltar.
La madre deja sobre la mesita una linterna de latón, diminuta, que reparte un anillo de ámbar tibio sobre la madera. Da un paso atrás hacia la puerta. Lunara observa desde el mantón, sin moverse.
Lunara asoma el rostro entre los mantones, trenzas desparramadas en los hombros, y piensa: «¿Solo eso brilla?» La mecha chasquea, caliente, y el anillo de luz crece un centímetro hacia la pared.
Lunara levanta la linterna y la luz atrapa al osito de peluche en la estantería. Su sombra se estira larga y tambaleante sobre el muro, como si el osito hiciera una coreografía secreta. Una risa corta escapa entre los mantones.
Balancea la linterna y la sombra del conejito gira, gira, le da la vuelta con las orejas ondeando en el resplandor. No puede parar de sonreír. El chasquido de la mecha marca el ritmo.
Lunara se pone de pie en la cama y barre la linterna en círculos. Las sombras de todos sus juguetes ruedan, se inclinan, danzan de un muro al otro. El dormitorio entero es un escenario de siluetas rebotando.
Los muelles crujen bajo sus pies. Las cortinas azules se mecen como telón de un teatrillo. El chasquido de la mecha se vuelve lento, lento… y su risa se hace bostezo.
Lunara deja la linterna sobre la mesita y el anillo de luz se aplana, tibio, contra la madera. Se enrosca bajo el mantón, trenzas enredadas sobre la almohada, labios torcidos hacia arriba, medio dormida.
Afuera, la luna se hunde tras el tejado y estira una franja plateada por el suelo. La mecha susurra, susurra… y la habitación se queda callada, brillante y cálida.
El anillo de ámbar parpadea una vez más, más suave, sobre la mesita. La ventana enmarca el cielo oscuro y una estrella nueva. Todo respira despacio.