¡Hora de pintar! Marcos se pone la bata y coloca en fila los botes de pintura. El gran plan de hoy: un dinosaurio morado grande, grandísimo, con una sonrisa simpática. ¡Qué emoción!
¡Ay! Un golpecito con el codo y el bote de pintura morada se vuelca. Plic, plic… una gran mancha morada florece en la alfombra y crece más y más. Marcos se queda de piedra.
«¿Y ahora qué? ¿Y ahora qué?». El corazón de Marcos hace pum-pum, pum-pum. Cuanto más mira la mancha morada, más grande parece. Hasta el pincel se queda quietecito en el suelo.
Muy despacito, Marcos dobla la esquina de la alfombra, tapa la mancha y la aplasta con las manos. «Así… ya no se ve, ¿verdad?». Pero un trocito morado sigue asomando por debajo.
Pero la barriga de Marcos parece cargar una piedra grande y pesada. Marcos se sienta en el primer escalón, sin decir nada. Un secreto escondido no es nada, nada divertido. Ni un poquito.
Marcos respira hondo, muy hondo, y se pone de pie. Aprieta fuerte los puñitos, llenos de valor. «Voy a contárselo a mamá». Un paso valiente, y otro más, hacia la luz calentita de la cocina.
«Mamá, se me cayó la pintura y manché la alfombra. Perdón». Marcos dice la verdad con una vocecita chiquitita, retorciendo el borde de la bata. Mamá escucha en silencio, hasta el final.
Mamá abre los brazos y abraza a Marcos muy fuerte. «Decir la verdad… eso es lo más valiente de todo», le dice bajito. Y la piedra pesada de la barriga de Marcos se derrite de golpe.
Marcos y mamá, lado a lado, frotan la alfombra con trapitos llenos de espuma. ¡Fru, fru, fru! Las burbujas hacen cosquillas, y la mancha morada se va borrando poquito a poco.
Al día siguiente, Marcos vuelve a pintar muy feliz. Esta vez, con una sábana vieja bien grande en el suelo. Suish, suish, baila el pincel morado. ¡Qué a gusto se está con el corazón ligerito, como flotando!