¡Hoy llega a casa una cama de mayor! Alta y grande, como un barco que entra en el cuarto. Al lado, la cunita de antes se ve chiquitita, chiquitita.
Margarita de Anyus se sube a probarla. ¡Guau, qué blandita, como saltar en una nube! Y desde arriba se ve hasta el árbol grande de la ventana.
¡Los mayores tienen su propia bandera! Margarita de Anyus elige una cera y dibuja con mucho cuidado una estrella dorada. «¡Lista! ¡Es mi banderita del valor!»
Llega la noche. Margarita de Anyus se lava los dientes sin ayuda: ¡la espuma hace un bigote blanco muy gracioso! Luego se pone el pijama de dinosaurio. «¡Los mayores pueden!»
Margarita de Anyus planta la banderita del valor junto a la almohada, bien derechita. «¡Buenas noches!» Un beso de papá, un beso de mamá, y la puerta se cierra despacito: clic.
El cuarto se queda en silencio. La cama es taaan grande, y la manta huele a nuevo y está fresquita. Un rinconcito del corazón de Margarita de Anyus echa de menos la camita pequeña.
Margarita de Anyus toca la banderita del valor y empieza a contar con los dedos: «Ya como sin ayuda, me pongo los zapatos, me columpio... ¡todo yo!» Una cosa, dos cosas, ¡tres cosas valientes!
«¡Entonces dormir así, yo también puedo!» Margarita de Anyus se acurruca y estira la manta muy bien estiradita. La almohada es blandita como un abrazo.
Shhh... Margarita de Anyus se ha dormido en la cama de mayor. La luna se asoma despacito, y la manta sube y baja, suave, suave. Toda la noche enterita, sin ayuda de nadie.
Por la mañana, el sol entra saltando por la ventana, dorado y calentito. Margarita de Anyus se pone de pie en la cama y levanta la banderita: «¡Dormí toda la noche sin ayuda! ¡Ya soy mayor!»