María Celeste está sentada en su pupitre. Su lápiz descansa sobre el papel, esperando.
De pronto, ¡trrrring! El timbre suena fuerte. María Celeste se sobresalta y el lápiz rueda por el escritorio. Tinc, tinc, tinc… cae al suelo.
María Celeste se levanta, recoge su cuaderno y camina hacia la puerta del aula.
Al abrir la puerta, la luz del sol la golpea en la cara. Un coro de voces la recibe desde el patio.
Un niño con una mochila amarilla se acerca corriendo. «¡Ven! ¡Jugamos escondidas!» —y la toma de la mano.
María Celeste ríe mientras la arrastra. Sus pies rozan el piso de cemento.
María Celeste se detiene frente a la puerta del salón nuevo. El pomo está frío bajo sus dedos.
El niño de la mochila amarilla le guiña un ojo y empuja la puerta de golpe. ¡Colores y dibujos por todas partes!
María Celeste entra al salón, busca un pupitre y se sienta con una sonrisa amplia.
Mira por la ventana hacia el patio. Su mano dibuja un pequeño sol en la esquina de su cuaderno.
María Celeste sonríe. Hoy comienza algo nuevo.
El sol dibuja en su cuaderno, y el patio sigue lleno de voces y risas. Todo se siente… bien.