María Palito saltaba una y otra vez sobre el tapiz, con las piernas rectas como una ramita de bambú. Las estrellas del techo brillaban más cada vez que ella despegaba, y su sonrisa era tan amplia que parecía contener toda la alegría del mundo.
Saltaba con energía, los brazos abiertos y el pelo ondeando. Cada vez que sus pies tocaban el tapiz, las estrellas del techo se encendían con más fuerza, como si celebraran cada uno de sus saltos.
Intentó su voltereta una vez más, pero al aterrizar tambaleó y casi cae. Frunció el ceño, molesta. Entonces escuchó un suave crujido y miró hacia el rincón donde algo brillaba entre la penumbra.
Se acercó al rincón mágico de hierba luminosa donde los aros colgantes brillaban como lunas pequeñas. Las estrellas del techo parecieron susurrarle algo, y un destello cálido recorrió el espacio.
Al día siguiente, regresó al rincón de hierba. Se tomó su tiempo, moviéndose con suavidad entre los aros brillantes. Preparó su cuerpo, respiró hondo y se lanzó hacia adelante.
¡Voltereta! Sus brazos se extendieron hacia el cielo, sus piernas trazaron un arco perfecto en el aire. Fue un momento de pura belleza, como si el gimnasio entero contuviera la respiración.
Las estrellas del techo bajaron a bailar con ella, girando en un remolino de luz. Su risa resonó en el gimnasio y las criaturitas de hierba aplaudieron con sus pequeñas manitas, emocionadas.
María Palito sonreía mientras las estrellas y las criaturitas la rodeaban. Todas la reconocían: era la niña que hacía que la magia cobrara vida con cada salto, con cada esfuerzo, con cada intento.
Cada vez que regresaba al rincón de hierba, las estrellas brillaban más y las criaturitas la esperaban con ansia. María sabía que allí, entre la magia y el movimiento, era donde realmente pertenecía.
A veces saltaba sola, otras veces las criaturitas la acompañaban. Pero siempre estaba ese rincón de hierba, siempre aquellas estrellas, siempre aquella magia que ella hacía posible con cada movimiento.
María Palito cerró los ojos y respiró hondo. El gimnasio olía a madera y a hierba fresca, y el ruido de sus saltos era como música. No necesitaba nada más que esto: movimiento, luz y el rincón donde todo era posible.
Al día siguiente, María Palito regresó al gimnasio. Saltó sobre el tapiz, las estrellas brillaron, las criaturitas la observaron. Y esa noche, como cada noche, supo que la magia seguiría viva mientras ella siguiera saltando.