Marina apoya sus palmas contra el vidrio frío de la ventana. Mira las nubes grises y susurra: "Que haya sol." De pronto, chispas doradas salen de sus dedos.
Marina sopla las chispas hacia su madre, sentada en la cocina con los hombros caídos. Las chispas llegan a la mesa y empiezan a zumbar suave. Los dedos de su madre dejan de golpear.
Marina reúne más chispas y las acerca al periódico de su padre. Las chispas trepan por el papel como luciérnagas. Los titulares grises se tiñen de colores.
La niña corre a la sala y recoge las últimas chispas brillantes. Las mantiene en la palma abierta, listos para lo que venga.
Llega junto a la abuela y vuelca las chispas sobre su regazo. La abuela se detiene y mira el brillo sobre sus manos.
"¿Qué es todo esto?" murmura la abuela. Mira el polvo brillante cubriendo su trabajo de puntillas.
Marina se sienta en el regazo de su abuela y apoia su mentón en su hombro. La sala sigue brillando.
La abuela sonríe —una sonrisa verdadera, profunda—. Abraza a Marina fuerte y la aprieta contra sí. La niña cierra los ojos.