Mark apartió los suaves y verdes helechos. Ahí, enredado entre raíces húmedas y embarradas, un osito pequeño chillaba y rascaba la tierra con sus uñas. Se dejó caer de golpe a su lado y le tendió su mano plana y embarrada.
Poco a poco, la patita se desabrochó. El osito lo miró hacia arriba, con la nariz temblando, una patita embarrada aún colgada sobre la raíz. «Chirrii», dijo. Muy bajito. Muy en silencio.
El osito arrastró su buena pata más adentro del bosque oscuro y se detuvo. Giró. Miró atrás. Se detuvo otra vez. Giró de nuevo. Mark lo siguió, con pasitos suaves sobre el espeso musgo.
Mark se agachó, envolvió con sus manos el pelaje tibiito del osito y lo levantó. El osito se quedó duro como una tabla. Luego… un estiramiento lento, hombros sueltos. El aire olía fuerte a pino empapado de lluvia.
Un arroyo ancho cortaba el sendero, helado hasta las rodillas de Mark. Llevó al osito alto sobre su hombro y entró en el agua. El agua ondulaba marrón y plateada alrededor de sus botas.
El osito envolvió una de sus buenas patitas alrededor de la oreja de Mark. ¡Pfff! — un estornidito minúsculo y espantoso. Mark siguió adelante chapoteando, riendo, y el agua salía esparciéndose por la hierba alta a ambos lados.
Doblearon una curva y la osa madre apareció, enorme — inmensa, con los labios retraídos y un gruñido grave que vibraba desde su garganta. Mark dejó al osito en el suelo. Dio un paso atrás. Abrió los brazos. No se movió.
El gruñido fue apagándose. La osa madre bajó su gran cabeza y apretó su ancha y húmeda nariz contra los dedos extendidos de Mark. Una respiración larga y lenta. Luego se alejó.
La osa madre acurrucó al osito contra ella y apartó su enorme cuerpo para despejar el sendero. El osito se pegó a su costado. Mark pasó junto a ellas. El camino se extendía ancho por delante.
En el último tramo de camino a casa, una bayita pegajosa estaba untada en la zapatilla de Mark. Pató una piedrecita contra la tierra suelta. Pató otra. Y siguió andando.







