Una noche, todos susurraban sobre el chupacabras. Mateo tomó su linterna y salió a investigar.
La luna pintaba de plata las colinas. Mateo apretó la linterna y siguió unas huellas pequeñas.
Las huellas llegaron hasta una cerca y se perdieron entre los nopales. Mateo avanzó despacio, mirando el suelo.
¡CRAC! Mateo saltó. Una ramita cayó sobre su sombrero; el cactus solo había soltado una espina seca.
Más adelante, Mateo llegó a un rincón oscuro. Detrás de una roca, algo despeinado se escondió y dejó escapar un gruñido.
Mateo levantó la linterna. Allí no había un monstruo feroz, sino un animalito solitario, despeinado y hambriento.
Mateo sacó un poco de su cena y la dejó en el suelo. El animalito avanzó, olfateando cada bocado.
El chupacabras comió y luego le robó una tortilla de la mano. Mateo soltó una carcajada bajo las estrellas.
Mateo se sentó junto al animalito y compartió el resto de su cena. El chupacabras movió la cola.
El animalito apoyó la cabeza en la rodilla de Mateo. Juntos emprendieron el camino de regreso.