Mateo y las Estaciones Espaciales

"Mateo y las Estaciones Espaciales" es un libro ilustrado en estilo Anime protagonizado por un young boy, por Guest, para Edades 6–9 — creado con Doodara, el creador de cuentos con IA

por Guest · Anime · Edades 6–9 · young boy · 8 páginas

curious, brave, cheerful

viaje espacial y estaciones del año

La nebulosa verde jala el cohete de Mateo fuera de órbita y se estrella de patas en un campo donde las yemas de azafrán, agrietadas, cuelgan grises y marchitas. Se arrastra con el casco bajo el brazo y encuentra una nube diminuta y rota que gotea un hilillo de agua que se evapora antes de tocar la tierra. Vaya, piensa, y corre a por su regadera de lata abollada.

En el segundo planeta, el sol cuelga tan bajo que el río hierve y brilla. Cristales de hielo del tamaño de monedas resbalan por la montaña y se derriten contra la piedra caliente. Mateo se arrodilla, agarra uno con los dedos —ya tibia, ya encogiéndose entre su palma— y se lo mete en el bolsillo antes de que desaparezca.

No, no, no, repite en voz baja, tejiendo una red con las enredaderas de la orilla para atrapar los últimos cristales camino del lago congelado. Sus dedos tiran la red con urgencia, hilo a hilo, mientras los cristales quedan a centímetros de resbalar por la pendiente hacia el agua helada que los borraría de un soplo.

En el tercero, los robles se doblan bajo miles de hojas que se niegan a soltarse, con las venas rojas y temblando en ráfagas cortas y frías. El aire huele a savia y a madera vieja, y cada hojita cruje como papel mojado que alguien aprieta entre dos dedos.

Mateo abraza un tronco y lo sacude. Las hojas caen en cascada y lo entierran hasta las rodillas en naranja y oro. Un instante permanece ahí, cubierto, parpadeando, con una hoja en forma de cara sonriente pegada en la frente. La arranca, se ríe, y sigue sacudiendo el árbol siguiente.

El cuarto planeta es silencio: un mundo de hielo azulblanco donde cada río está clavado a mitad de la corriente y una grieta corta el suelo de polo a polo, crujiendo, abriéndose un dedo más con cada temblor. Nada se mueve excepto la luz, que se parte en dos franjas de sombra sobre el resbalón.

Mateo se arrastra de rodillas sobre el resbalón y presiona el cristal estelar —caliente, guardado desde el primer planeta— contra el borde de la grieta. Sus botas patinan, el cristal se mece al vacío, y él no piensa: lo empuja con dos dedos y cae con un sonido de campana.

La grieta se cierra con un golpe sordo y el cohete, remendado y decorado con un azafrán, un sol pegado, una hoja de roble enroscada y un copo de nieve, vuelve a zumbar. Afuera, las cuatro estrellas-planeta brillan en fila —verde, dorado, ocre, blanco— y entre ellas, su casa parpadea, quieta, esperándolo.

Doodara

Mateo y las Estaciones Espaciales

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