El aula está quieta. Las sillas guardadas esperan. Mateo llega rodando por la puerta.
Mateo rueda hacia la computadora. Su silla emite un bip feliz. La pantalla se enciende en mil colores.
¡Es un auto! dice la niña rubia. Mateo sonríe y acerca su silla. La pantalla lo recibe con luces dulces.
El niño frustrado aprieta los lápices. No pueden. Deja caer el cuaderno. Mateo se acerca y toca la pantalla.
En la pantalla nace una flor gigante. El niño se queda quieto. Luego sonríe y señala la pantalla.
El niño lector lee y frunce el ceño. Las letras son muy chiquitas. Mateo ajusta el Zoom con dos dedos.
Las palabras crecen como globos. ¡Pum! Una letra salta y hace cosquillas al niño lector. Todos se ríen.
Todos quieren la computadora. Se empujan. Gritan: —¡Yo primero!
Un niño sube a la silla. No alcanza. Mateo le indica cómo acercar la silla y tocar con los dedos.
La maestra aplaude desde la esquina. Los niños forman fila. Tocan la pantalla y dibujan juntos.
Mateo rueda al centro. Cada niño deja su dibujo. La pantalla se llena de formas felices.
La clase entera brilla en colores. Mateo observa su obra. Todo cabe cuando hay lugar para todos.