Valeria se sentó en la arena fría lejos de su papá. Él empujaba su carrito de helado junto al mar. Las palmas crujían con el viento.
Él le ofreció un cono con tres bolas. Ella negó con la cabeza y miró hacia los edificios brillantes.
Él se sentó a su lado sin tocarla. Armó una torre alta de arena que se sostenía sola. Valeria observó cómo la arena caía grano a grano.
El carrito crujió al alejarse por la orilla. Al día siguiente, él trajo un balde y una pala.
Ella lo siguió un paso atrás hasta la orilla. El agua le lamía los pies y él le mostró cómo hacer un foso.
Valeria tomó la pala y marcó su primer surco en la arena húmeda. La hizo un poco torcida, pero sonreía.
Esa tarde, Valeria construyó su propia torre y la decoró con conchas y una estrella azul.
El viento la derribó de golpe. Él se rió, y ella se rió con él. La hacen más grande, dijo él.
Juntos levantaron muros gruesos que el agua no podía vencer. El mar se acercaba y retrocedía, pero la torre permanecía.
Cuando el sol se puso y las luces de los edificios se encendieron, Valeria tomó la mano de su papá.
La arena aún brillaba bajo sus pies descalzos. El carrito crujió a lo lejos, pero ella ya no se separó de él.
Valeria apretó su mano y sonrió. Las estrellas aparecieron en el cielo y en la arena también.