En el parque infantil, Nobody se balancea cada vez más alto. «¡Uno, dos, tres!», cuenta, mientras sus zapatos pasan por encima de la arena clara. Las cadenas hacen clic-clac, clic-clac. El niño abusón llega corriendo hacia el columpio y agarra una cadena.
De un tirón, el niño abusón empuja a Nobody fuera del asiento. «¡Criiic!», chillan las cadenas. Nobody se desliza hacia un lado, con las manos abiertas en el aire. El niño ya se coloca delante del columpio, como si siempre hubiera sido suyo.
Plof. Nobody cae sobre la arena y se queda sentada un momento. Los granitos claros le cubren las rodillas. Delante de ella solo están los grandes zapatos verdes del niño abusón. «Oye...», dice bajito, mirándolos sin levantarse.
Nobody se sacude las rodillas: pat, pat, pat. Luego señala el columpio libre que está junto a él. «¿Podemos turnarnos?», pregunta. Mantiene el dedo apuntando al segundo asiento, esperando una respuesta.
El niño abusón gira la cara hacia otro lado y se sienta. Se impulsa hacia delante con las piernas estiradas. «Criiic, criiic», hace el columpio con un largo chirrido. Nobody mira el tobogán al otro lado de la arena.
Nobody recoge arena húmeda con las dos manos. La aprieta para formar dos orillas curvas. Un camino serpentea entre un túnel bajo y un castillo pequeño. Sus dedos se quedan llenos de granitos, pero ella arregla otra curva.
Una sombra cubre la curva más larga. El niño abusón planta un pie justo sobre el camino de arena. Crac. Las orillas se derrumban en una nube beige y el túnel desaparece bajo su suela.
Nobody encuentra una canica azul medio escondida en la arena removida. La recoge y la cierra en el puño. Mira el castillo aplastado y luego el surco roto. «No quería que hicieras eso», murmura, con la voz casi tapada por el viento.
Nobody sube hasta la escalerilla del tobogán, por donde pasa el niño abusón. Le hace una señal con la mano. «Espera», dice. Él sigue subiendo sin frenar, golpeando los pies contra los escalones metálicos. Nobody se queda con la mano levantada.
Junto al tobogán, Nobody señala el camino reconstruido a medias. «Ese es mi camino», dice, pronunciando bien cada palabra. El niño abusón se agarra a la red y se ríe: «¡Ja, ja, ja!», y sigue adelante.
El niño abusón agarra el cubo amarillo. Nobody da un paso hacia él. «Por favor, para», dice. Él aprieta el asa roja y sonríe de oreja a oreja.
Él levanta el cubo sobre el camino de arena. Los granitos ya se deslizan por el borde, tic, tic, tic. Nobody mira la curva nueva que acaba de arreglar.
El niño abusón se ríe aún más fuerte y se prepara para lanzar el cubo. Nobody está triste y enfadada.
Nobody coloca la canica azul en el centro del camino. Endereza los hombros. Luego da un paso delante del castillo, con los pies bien plantados en la arena. El cubo sigue en alto, justo más allá de su mano.
El niño abusón estira la otra mano para empujarla otra vez. Nobody no se mueve. Levanta una mano abierta entre los dos, alta y firme. La canica azul espera inmóvil en el camino.
«¡NO! ¡No me empujes! ¡No toques mis cosas!», grita Nobody. Su voz atraviesa el parque como el silbato de un tren. El niño abusón se queda quieto. El cubo se le resbala de la mano y cae boca abajo: «¡Plof!»
El niño abusón mira el cubo volcado y luego el camino aplastado. «Lo siento», dice bajito. Señala las orillas rotas. «¿Puedo ayudarte a hacerlo de nuevo?» Nobody le tiende una pala, pero antes señala el columpio: «Después de que te disculpes.»
Nobody vuelve al columpio y se impulsa despacio, luego cada vez más alto. «Clic-clac, clic-clac», hacen las cadenas. El niño abusón espera junto al camino con la pala en la mano. Nobody cuenta: «Uno, dos, tres... ahora te toca a ti.»