Salim salta del columpio. Su pequeño carrito de plástico rueda por la grava. «¡Se ha rodado…»
Un hombre alto aparece en la plaza, y su bolsa de colores suena: tintín, tintín. El pequeño zapato de Salim se queda quieto sobre la grava.
El hombre se agacha con una sonrisa enorme y le ofrece un caramelo brillante. Salim inclina la cabeza hacia él.
El hombre dice: «Ven conmigo, mi amor, ¡tengo algo delicioso!» Los deditos de Salim se estiran y luego se detienen en la punta de su camisa.
Susurra para sí mismo: «Mamá dijo: no vayas con nadie que no conozcas.» El caramelo se mece detrás de él: tintín… tintín.
Salim sacude la cabeza: no. Izquierda, derecha, izquierda, derecha. Luego se da la vuelta y echa a correr.
Salim agarra la manga del guardia alto. Un chicle enorme se desliza de la bolsa al asfalto: ¡poc!
El guardia levanta a Salim sobre sus hombros, por encima de todos. Salim le rodea el cuello con los brazos.
El guardia señala y dice: «Has hecho lo correcto, pequeño. Quédate donde yo te vea.» El zapato de Salim ondea en el aire.
Salim acaricia las gorras del guardia con ambas manos. Los columpios gemelen solos: crujir… crujir. Sonríe y se lleva un dedo a los labios: shhh.







