Pachi se para en la línea de salida y observa la pista que serpentea entre los árboles del bosque encantado. El silbato suena fuerte y todos los animales salen corriendo.
Pachi arranca, pero se detiene un instante; sus patas grises golpean el sendero con un ritmo marcado.
Uno, dos, tres —murmura Pachi mientras corre, midiendo cada paso sobre las raíces y las piedras del bosque.
Cuatro, cinco, seis… al contar, la distancia se siente más corta y la meta se ve más cerca.
Siete, ocho, nueve —Pachi avanza rápido, pasando junto al río donde las ranas lo miran sorprendidas y sueltan un croac colectivo.
De pronto, los números flotantes aparecen brillando en el aire y rebotan como luciérnagas alrededor de él. Pachi sonríe ampliamente.
Once, doce, trece —Pachi se acerca a la meta cuando escucha gritos débiles: sus amigos están atascados en un lodoso remolino del sendero.
Sus pasos se detienen y escucha la ansiedad en la voz de sus amigos mientras luchan por salir. La meta está cerca, pero Pachi da media vuelta y corre hacia ellos.
¡Uno, dos, tres, empujen! —grita Pachi contando mientras ayuda a cada amigo a salir del barro uno por uno.
Al final, todos cruzan la meta juntos entre risas y hojas que caen del cielo, y los números brillantes giran sobre sus cabezas como fuegos artificiales silenciosos.
Todos se detienen bajo los árboles y se miran reír. La carrera terminó, pero lo que importa es que lo hicieron juntos.
Pachi mira hacia el bosque encantado y sonríe. Contar lo ayudó a encontrar el camino correcto, y esa noche soñará con números brillantes.