Un prado verde brillaba bajo el sol. Tres casitas esperaban ser construidas junto al río.
Paco levantaba un ladrillo rojo sobre su pared creciente. Sus hermanos se reían, esparciendo paja. Él mezclaba barro con sus pezuñas, el sol calentando su lomo.
Una mariposa se posó en la casita de paja. ¡Zas! Todo se vino abajo.
Un conejo golpeó la puerta de madera. La casita tambaleó, pero no cayó.
Paco no levantaba la vista. Contaba sus ladrillos. Uno, dos, tres…
Una sombra gris cayó sobre el prado. El lobo olió el aire, lento y peligroso.
El lobo respiró hondo, muy hondo, y sopló.
La casita de paja voló. La de madera se hizo trizas. Pero la de Paco… brillaba bajo el sol.
El lobo se escabulló, murmurando sobre techos difíciles.
Paco abrió su puerta resistente. —Pasen —dijo. Sus hermanos corrieron hacia él.
Se sentaron en el piso de ladrillo. Paco les ofreció bayas del jardín.
La casita de ladrillo brillaba. Y dentro, los tres eran felices.