En el bosque encantado, entre flores silvestres y troncos musgosos, Peluchín empuja una rama y asoma su hocico al aire fresco.
Un rayo de sol le pica la nariz. ¡Achu! Y de entre las hojas sale una mariposa dorada que brillaba como un pedazo de sol.
¡Corre tras ella! Sus patas golpean las hojas secas que crujen como galletas nuevas recién horneadas. ¡Cruj, cruj, cruj!
La mariposa vuela hacia un claro, pero un arroyo pequeño bloquea el camino. Las piedras son verdes y resbaladizas.
Salta de piedra en piedra… ¡clic, clic, clic! Pero en la tercera se desliza y cae con un chapoteo grande.
¡Plaf! Se levanta sacudiéndose, mojado hasta las patas, y resopla. La mariposa lo espera al otro lado, batiendo sus alas con luz propia.
Después de caminar un rato, emerge en un claro brillante donde docenas de mariposas de todos los colores flotan quietas, esperando.
Una por una, empiezan a bailar en el aire, formando espirales y círculos que brillan como luciérnagas nocturnas.
De repente, una mariposa azul aterriza suavemente en su nariz. Cierra los ojos y sonríe.
Las mariposas lo rodean bailando mientras el sol se pone, pintando el bosque de naranja y rosa.
Peluchín se sienta en la hierba suave y sonríe, observando cómo cada ala brilla con colores diferentes bajo la luz del atardecer.
Cuando la primera estrella aparece, ellas se deslizan hacia sus escondites. Él regresa a su guarida con paso tranquilo, deseando volver mañana.